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17 oct. 2011

Rebelión de los Moriscos: De la entrada que el Marques de los Vélez hizo estos días contra los moros de Felix




De la entrada que el marqués de los Vélez hizo estos días contra los moros de Fílix


Estuvo el marqués de los Vélez cinco días en Guécija, después de haber desbaratado al Gorri, sin determinarse hacia donde iría. Dábale priesa el licenciado Molina de Mosquera desde la Calahorra que fuese al marquesado del Cenete, porque sería de mucha importancia su ida para la seguridad de toda aquella tierra. Decíanle las espías que los moros tenían dos cuerpos de gente, uno en Andarax y otro en Fílix, y deseaba ir a deshacerlos; y a 18 días del mes de enero, martes, el mesmo día que el marqués de Mondéjar fue a Juviles, partió con su campo de aquel alojamiento, y aquella noche fue a dormir en lo alto de la sierra de Gádor, casi a la mitad del camino de Fílix, para dar el miércoles, víspera de San Sebastián, sobre él. La nueva de esta partida llegó luego a Almería, y don García de Villarroel, hombre mafioso y cudicioso de honra, queriéndole ganar por la mano, salió de la ciudad con setenta arcabuceros a pie y veinte y cinco hombres de a caballo, y el mesmo día miércoles bien de mañana se puso en un puerto que está un cuarto de legua de Fílix, a vista del lugar por donde de necesidad había de entrar el campo del marqués de los Vélez. Su fin era que los moros, viéndole asomar, entenderían ser la vanguardia del campo y huirían, y podría robarle antes que el Marqués llegase; mas no le sucedió como pensaba, porque siendo descubierto, los moros se pusieron en arma; y dejando el lugar atrás, tocando sus atabales y jabecas, salieron a esperarlos puestos en escuadrón con dos manguillas de escopeteros delante. Primero enviaron cincuenta hombres sueltos a reconocer, y tras de ellos otros quinientos a que tomasen un cerro alto, que está a caballero del puerto; y para que se entendiese que tenían mucho número de gente, hicieron otro escuadrón de muchachos y mujeres cubiertas con las capas, sombreros y caperuzas de los hombres, y puestos al pie del sitio antiguo de un castillejo que allí había.




Viendo pues don García de Villarroel tan gran número de gente como desde lejos parecía y la orden con que habían salido, cosa nueva para los de aquella tierra, entendió que debía de haber turcos o moros berberiscos entre ellos; y teniendo su juego por desentablado, volvió hacia donde iba nuestro campo, por ser aquel el camino más seguro para su retirada. No tardó mucho de verse con el marqués de los Vélez, y dándole cuenta de lo que pasaba, le preguntó si entendía que osarían aguardar los enemigos; y diciéndole que creía que sí, porque tenía aviso que estaba allí el Futey y el Tezi, y Puerto Carrera el de Gérgal, con más de tres mil hombres de pelea, y que tenían el lugar barreado y puesto en defensa, le pidió cincuenta soldados de los que llevaba, hombres sueltos y pláticos en la tierra; y dándoselos, se volvió aquella noche a la ciudad de Almería, y el marqués de los Vélez prosiguió su camino con los escuadrones muy bien ordenados, mil tiradores delante, la mayor parte dellos arcabuceros, y él con toda la caballería a un lado. Los moros, que ya se habían vuelto a meter en el lugar, entendiendo que eran los que habían visto retirar, tornaron a salir fuera, y por la mesma orden que la otra vez aguardaron en medio del camino; y llegando la vanguardia a tiro de arcabuz de la suya, se comenzó una pelea harto más reñida y porfiada de lo que se pudiera pensar, porque los moros se animaban y hacían todo su posible; aunque al fin, cuando entendieron que peleaban contra el campo del marqués de los Vélez, a quien los moros de aquella tierra solían llamar Ibiliz Arraez el Hadid, que quiere decir diablo cabeza de hierro, perdieron esperanza de vitoria. Estando pues [237] la escaramuza trabada, nuestra caballería cargó por un lado, y haciendo perder el sitio a los enemigos, que era asaz fuerte, los llevó retirando hasta las casas del lugar. Allí se tornaron a rehacer y pelearon un rato; y siendo arrancados segunda vez, los fue la infantería siguiendo por la sierra arriba, que está a la parte alta, hasta encaramarlos en la cumbre, donde había buena cantidad de piedras crecidas, que naturaleza puso a manera de reducto; en las cuales hicieron rostro y comenzaron a pelear de nuevo, mostrando hacer poco caso del ímpetu de la infantería, por verse libres de los caballos; mas los arcabuceros, que fueron de mucho efeto este día, les entraron valerosamente, y matando muchos dellos, los desbarataron y pusieron en huida. Los que cayeron hacia donde estaban los caballos murieron todos, y los que tomaron lo alto de la sierra se libraron.




Quedaron muertos en los tres recuentros y en el alcance más de setecientos moros, y entre ellos algunas mujeres que pelearon como animosos varones hasta llegar a herir con las almaradas en las barrigas de los caballos; y otras, faltándoles piedras que poder tirar, tomaban puñados de tierra del suelo y los arrojaban a los ojos de los cristianos para cegarlos y que llegasen a perder la vida y la vista juntamente. Murieron peleando el Tezi y Futey, y fue preso un hijo de Puerto Carrero con dos hermanas doncellas y mucha cantidad de mujeres. De los cristianos murieron algunos, y hubo más de cincuenta heridos. Ganose un rico despojo de bagajes cargados de ropa y de seda y mucho oro y aljófar, con que los soldados fueron satisfechos de la vitoria; aunque su demasiada ganancia fue dañosa, porque con deseo de ponerla en cobro, dejaron muchos las banderas y se volvieron a sus casas. Desto se quejaba después el marqués de los Vélez, diciendo que al tiempo que más los había menester le habían llamado, y que por esta causa se había detenido en Fílix, proveyendo no se le fuesen los que quedaban. Estando en este alojamiento le llegó la gente de Murcia, que hasta entonces no se la había querido enviar el licenciado Artiaga, juez de residencia de aquella ciudad, sin que su majestad se lo mandase. Vinieron tres regidores por capitanes, don Juan Pacheco con un estandarte de cincuenta caballos, y Alonso Gualtero y Nofre de Quirós con dos compañías de docientos y cincuenta arcabuceros y ballesteros cada una. Llegaron también don Pedro Fajardo, hijo de don Alonso Fajardo, señor de Polope, y don Diego de Quesada, que después de la rota de Tablate estaba en desgracia del marqués de Mondéjar, con ochenta soldados arcabuceros y veinte caballos aventureros que traían de Granada; con los cuales atravesaron el río de Aguas Blancas, y por el marquesado del Cenete y el Boloduí fueron a dar a Fílix, donde los dejaremos agora para volver al otro campo, que está en Juviles.

Capítulo XXII
Historia de la rebelión y castigo de los moriscos del Reina de Granada.
Luis de Mármoy y Carvajal.

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